Nada más difícil que aprender a enseñar

Nada más difícil que aprender a enseñar



Una de las pocas
cosas buenas que dejó la pandemia es que pudimos darnos el lujo de hablar de la educación.
Aunque hay universidades públicas, de educación no hablábamos. Murmurábamos. Rezongábamos. Pero no nos poníamos a analizar y a evaluar. La educación se fue convirtiendo así en una suerte de tabú. Intocable, con unos pocos dueños, con feudos, verdades reveladas y principios indiscutibles.
De las mejores noticias de esta nueva realidad es que los padres se hayan involucrado en la conversación.
De otro modo, estarían delegando en terceros una de las dos o tres instancias más importantes en la vida de un ser humano: su formación intelectual y sus primeros vínculos sociales extrafamiliares. No me parece buena idea estar ausente ahí. Es más: muchos ya estaban bien presentes y hablaban con sus hijos, se involucraban, estaban atentos a cualquier señal preocupante, o viceversa, y refutaban el adoctrinamiento, allí donde lo percibían, y demás.  

Buenos padres, tan heroicos como esos docentes que siguen dando un ejemplo apasionado e iluminador en condiciones adversas. Pero ahora es oficial, y eso es una divisoria de aguas. En fin, tanto oír hablar de educación me fue llevando lentamente a una conclusión. Una conclusión que, como otros derivados de la revolución digital, suena bastante incómoda. Antes, si me lo permiten, vamos a afilar unos cuchillos. 
Todo chef medianamente bueno sabe esto: usar cuchillos desafiladas no solo es incómodo y frustrante. Es, sobre todo, peligroso. Como hace más de 30 años que estoy a cargo de la cocina, se suponía que sabía cómo afilar. Pero soy socrático hasta el tuétano, y por ese motivo, en plena pandemia, al decimosexto tomate que me presentó dificultades, me hice la siguiente pregunta: A ver, ¿de dónde sacaste que sabes afilar cuchillos? ¿Hiciste un curso? ¿Es tradición familiar? ¿Quién te enseñó? ¿Naciste sabiendo? ¿Cómo se mide qué tan bien afilado está un cuchillo? 
Más un largo etcétera. Es lo primero que debemos hacer con lo que creemos que sabemos:
examinar nuestros conocimientos y nuestros resultados
. ¿No es lo que hacen los docentes todo el tiempo? Personalmente, pongo en tela de juicio muchos métodos de evaluación todavía vigentes, pero, en todo caso, y por razones que uno aprende en el aula, hay que evaluar. 
Uno simplemente no puede dar por sentado que todos los alumnos son apasionados, que van a leer toda la bibliografía, van a buscar ejercicios adicionales, van a dedicar el fin de semana para estudiar más y terminarán formulando sus propios trabajos teóricos o de campo sobre esa disciplina.  

Así que tenía que admitirlo: mis dos cuchillas, de muy buena calidad, no cortaban del todo bien. Era capaz de afilarlas, pero no duraban así ni tres días. Además, si alguien me tomaba un examen teórico sobre el afilado, con la mano en el corazón, sacaría una mala calificación. 
Hay algo que decir acerca de la teoría, que ya saben que tiene pésima prensa, lo mismo que el memorizar datos (porque está todo en la web, ¿no?). Bueno, la teoría y las definiciones son fundamentales. No son un accesorio; no sirve buscarlo en internet.

Si no puedes ni siquiera darme una buena definición de punto, recta y plano, no tiene sentido que hablemos de geometría. Mucho menos de construir edificios. 
La cuestión es que no tenía ni la más remota idea acerca de qué piedras de afilar eran las correctas para mis cuchillos,
ni tampoco acerca del procedimiento que debía seguir. ¡Ni siquiera sabía por qué una piedra afila! Desde mi punto de vista, y disculpen si hiero alguna susceptibilidad, en general, si no lo puedes explicar, entonces no lo sabes.  

Investigué, y como ya me había ocurrido con otras disciplinas, encontré toneladas de información. Desde cómo interpretar los grits (el grosor del material abrasivo) hasta cómo calcular, usando una hoja de papel, el ángulo correcto del cuchillo sobre la piedra de afilar. Cuando verifiqué toda la información, compré una piedra conjunta de mil y seis mil grits y me dispuse a poner en práctica lo que había aprendido en la teoría. Unos minutos después, mi cocina estaba toda teñida de negro. Básicamente, agua y metal. Porque eso es afilar. Desbastar el metal. Y, de paso, no me rebané un dedo. 
Había chocado de frente y a toda velocidad con la práctica. Pero como heredé la testarudez de mi abuelo, persistí, y fui mejorando. Miré cómo lo hacían los expertos y practiqué. Una y otra vez. Al final, mis cuchillas quedaron como hojas de afeitar, y ese estado duró al menos uno o dos meses. O, según me dicen, seis. 
Entonces recordé la armónica con la que el afilador anunciaba su presencia en el barrio, en mi infancia
. Usaba la rueda de su bicicleta para hacer girar una gran piedra circular que les sacaba chispas a los cuchillos y los dejaba como navajas. 
Era amigo de mi abuelo y su hijo iba al mismo colegio que yo. Seguí viéndolo durante muchos años, hasta que fue un señor mayor, y seguía afilando. Me fascinaba verlo mover las hojas de metal con elegancia, rodeado de chispas. Antes de los efectos de TikTok, era de lo más alucinante que se podía ver en esa época. 

Ahora, venía a darme cuenta, algo fundamental había cambiado. Los secretos de aquel oficio estaban a la vista de todos. Me puse a listar todo lo que había aprendido (bien y mal) en Wikipedia y en YouTube (por citar solo dos opciones). Me di cuenta de que ya no tenía sentido esconder el saber, como fue de rigor durante los primeros 4.500 años de historia escrita, y como siguió siéndolo, a pesar de la Ilustración, hasta que internet rompió todos los diques. 
Esto no significa que pueda interpretar sus análisis de laboratorio sin la ayuda de un médico. O hacer una instalación de gas. Una consecuencia indeseable –aunque funcional a los negocios de Google–
de esta exorbitante disponibilidad de información es que en internet hay toneladas de material inútil o por completo enajenado
. Por ejemplo, sembrar medio tomate para obtener plantas de tomate. Eso no se hace así. 
En todo caso se plantea un problema, porque el que no sabe, ¿cómo se da cuenta de si esa información es un delirio o si es algo serio? Simple, no puede darse cuenta. Por eso no hay que intentar reparar una instalación de gas mirando un video de YouTube. O salir corriendo a ver qué significa que usted tenga la “ecogenicidad aumentada en forma difusa”. 
En resumen: había aprendido un montón de cosas que en mi infancia constituían secretos que les permitían a unos pocos iniciados ganarse la vida. Pero, a la vez, tenía una interminable lista de saberes que requerían del consejo de un experto. ¿Por qué afilar cuchillos sí e interpretar los análisis de sangre no? La respuesta estaba ahí, en alguna parte. 
Lo descubrí con el asunto de aprender a hacer pan, que de un experimento de fin de semana se convirtió en un desafío de años.
No les voy a hablar acerca de qué es hacer pan, pero en su proceso productivo intervienen muchos factores: el tipo de harina, el porcentaje de hidratación, el tiempo de autólisis y de fermentado, la cantidad de sal, la temperatura ambiente de la masa y de horneado, el tipo, tiempo y periodicidad del doblado, la clase de levadura (si es industrial o masa madre), la naturaleza de esa masa madre, y así.  

Es una ciencia y es también un arte.
O sea, al principio lo va a hacer un millón de veces, y nunca le va a salir igual. Hasta que da con el secreto del oficio. En el caso del pan era un dato. No ocho o cien. Uno solo. Había docenas de factores, pero había un dato que cualquier panadero conoce, pero que por algún motivo no aparecía lo suficientemente explícito en los videos de YouTube y en las recetas de la web. Lo decían, pero no pedagógicamente. 
Es de una importancia incalculable el ser pedagógico, porque el que sabe no sabe lo que es no saber. Alguna vez no supo, pero ahora que sabe todo se ve diferente, y por lo tanto puede no darles suficiente importancia a datos que cree que son obvios. Por eso la pedagogía es la base de todo. Porque le enseña a enseñar cuando usted ya sabe. 
En el caso del pan ese dato era el tiempo de amasado. Los descubrí en un video perdido en el pajar de las métricas de Google, sin muchas vistas, mal filmado, con pésimo audio, en el que una señora con una pronunciación muy cerrada del inglés me hizo saber que, aunque suene obvio,
estaba amasando menos tiempo del que debía.
Cambié ese solo factor y, de pronto, dominé el arte de hacer pan y ahora el resultado es siempre previsible. 
Primer dato, entonces: la enseñanza tal como la hemos practicado durante milenios –sistematizada, organizada, programática, con mucho trabajo pedagógico detrás– tiene sentido. Internet es de un ayuda enorme, pero la pedagogía no ha sido desplazada por la web. 
Las clases remotas fueron una prueba de fuego para la pedagogía, y cada docente sabe cómo rindió ese examen
. Precisamente la pedagogía fue lo que permitió dar clases a distancia, no solo la conexión con internet.  

Segundo dato: muchas prácticas (la medicina, sin ir más lejos, pero también la escritura, la fotografía o la astrofísica) requieren de una enorme cantidad de conocimiento previo teórico; uno no puede saber fisiología así nomás. No se puede tener un vago recuerdo de la tabla periódica. O adivinar las longitudes de onda, la función de las subordinadas adverbiales, usar la palabra ‘exponencial’ como en la televisión o elegir un tiempo de exposición para una foto de forma arbitraria. 
En cambio, afilar un cuchillo requiere una cantidad muy pequeña de información teórica. Un poco de física básica (qué es el roce), algo de química (qué es un metal y qué es un material abrasivo) y un poco de geometría (qué es un ángulo).
De hecho, si no se sabe nada de esto, pero se conoce la práctica, alcanza. La práctica correcta. 
Hacer pan ya está en otras ligas. Se necesita saber qué es el gluten, cómo se forma, por qué es importante la autólisis, qué es el PH, qué es la fermentación; qué relación hay entre la temperatura, las levaduras, las bacterias, el gluten y todo lo demás en el universo, hasta llegar a un pan bien hecho. 
Ejercer la medicina, por seguir con el ejemplo de los análisis de laboratorio, demanda un acervo monumental de información teórica y muchísima práctica (es decir, el haber visto decenas de miles de pacientes y resultados antes). Esto hace enteramente inviable siquiera pensar en aprenderlo online. Y sumo un factor: ¿qué tan peligroso podría ser equivocarse al practicar la medicina? Muy peligroso, claro. Letal, llegado el caso. Por eso el ejercicio ilegal de la medicina es un delito. 
O sea que hay dos variables: cuánta información teórica y práctica se requiere y qué tan riesgoso es hacerlo mal (aunque sea solo un poquito mal). Por este último motivo, y no porque sea una ciencia muy compleja, no hay que jugar, por ejemplo, con el gas natural del hogar. Una instalación de gas no supone muchos conocimientos teóricos, pero un error menor puede terminar en tragedia. 
No echo de menos los días en los que aprender cualquier cosa obligaba a peregrinar por bibliotecas y uno perdía más tiempo en encontrar el dato que en incorporarlo. Pero los programas de aprendizaje y los buenos maestros no son accesorios ni accidentales.  

Hasta que no lo puedan conectar a una Matrix y transferirle todo el conocimiento en un segundo, enseñar sigue siendo algo irreemplazable y, paradójicamente, algo muy difícil de aprender. Pero, de regreso al principio de este artículo, algo es clave: la transparencia, libertad académica y pedagogía profesional. Que todos sepan lo que pasa en un aula. A pesar de las desgracias que nos trajo, la pandemia abrió las aulas, como en el famoso fresco de Rafael, y esa, a mi juicio, es una buena noticia.
ARIEL TORRES

LA NACIÓN (ARGENTINA)



Tomado de el Tiempo.com

Deja tu comentario
Comentario
Nombre
Correo electrónico