Hacer las cosas bien

Hacer las cosas bien

Una letanía de pequeñas y grandes situaciones generan desconfianza sistemática hacia todo.
Francisco Cajiao

Tomado de: El Tiempo

Las proyecciones de crecimiento de este año, así como los reportes de reactivación económica que se vienen presentando en los últimos días, son alentadores y abren ventanas de esperanza después del tremendo daño causado por la pandemia.

Contrastan estos datos con los que provienen de los organismos que se ocupan de la situación social. Hay preocupantes cifras sobre los estudiantes de educación básica que aún no regresan a la presencialidad (cerca del 30 %), los problemas de salud mental, los procesos asociados con salud sexual se han visto seriamente afectados y el empleo recuperado en gran medida es informal. Se suma el malestar en las ciudades por la inseguridad, la incapacidad para armonizar el desarrollo de obras públicas con medidas que faciliten la movilidad, las fallas en los servicios públicos, el estado general de las vías… en fin, una letanía de pequeñas y grandes situaciones que generan desconfianza sistemática hacia todo.

Bajo estas circunstancias se adelanta una extraña campaña presidencial en la que predomina la escasez de propuestas, pues parece más un concurso de popularidad centrado en mecanismos de selección y eliminación de aspirantes que en la urgencia de sembrar un compromiso auténtico con las grandes prioridades que garanticen no solo la supervivencia de una democracia que se ha ido debilitando por sectarismos encarnados en individuos que se sienten providenciales, sino que permitan avanzar hacia nuevos estados mentales que faciliten el desarrollo y el bienestar colectivos.

Esto es lo que muchos quisiéramos. Más que hablar de derecha, izquierda o centro, sería deseable centrarse en la sensatez, porque si se examina con detalle, en todas las tendencias se encuentran altas dosis de lo mismo que no nos gusta. Que nos libre la diosa Fortuna de las chambonadas que han mostrado muchos de los que se ufanan de la experiencia, de quienes ofrecen imposibles, de quienes son incapaces de convocar con generosidad al esfuerzo y al trabajo colectivos.

Contrastan estos datos con los que provienen de los organismos que se ocupan de la situación social. Hay preocupantes cifras sobre los estudiantes de educación básica que aún no regresan a la presencialidad (cerca del 30 %), los problemas de salud mental, los procesos asociados con salud sexual se han visto seriamente afectados y el empleo recuperado en gran medida es informal. Se suma el malestar en las ciudades por la inseguridad, la incapacidad para armonizar el desarrollo de obras públicas con medidas que faciliten la movilidad, las fallas en los servicios públicos, el estado general de las vías… en fin, una letanía de pequeñas y grandes situaciones que generan desconfianza sistemática hacia todo.

Bajo estas circunstancias se adelanta una extraña campaña presidencial en la que predomina la escasez de propuestas, pues parece más un concurso de popularidad centrado en mecanismos de selección y eliminación de aspirantes que en la urgencia de sembrar un compromiso auténtico con las grandes prioridades que garanticen no solo la supervivencia de una democracia que se ha ido debilitando por sectarismos encarnados en individuos que se sienten providenciales, sino que permitan avanzar hacia nuevos estados mentales que faciliten el desarrollo y el bienestar colectivos.

Esto es lo que muchos quisiéramos. Más que hablar de derecha, izquierda o centro, sería deseable centrarse en la sensatez, porque si se examina con detalle, en todas las tendencias se encuentran altas dosis de lo mismo que no nos gusta. Que nos libre la diosa Fortuna de las chambonadas que han mostrado muchos de los que se ufanan de la experiencia, de quienes ofrecen imposibles, de quienes son incapaces de convocar con generosidad al esfuerzo y al trabajo colectivos.

“Nos hemos creído el cuento de que somos ingeniosos y recursivos, que salimos fácil de cualquier embrollo. Pero esta es la rendija por donde se cuela la corrupción”.

Sería una verdadera suerte que, al final de este caótico proceso, resultara de la ruleta electoral alguien suficientemente sensato como para aceptar de entrada que no hay soluciones definitivas a ninguno de los grandes problemas del país, pero que la única forma de comenzar a resolverlos es hacer las cosas bien.

Una diferencia fundamental entre los países que han avanzado notablemente en ciencia, tecnología, industria y bienestar social y aquellos que parecen detenidos es el hábito de hacer las cosas bien desde el principio. Es algo que se debe infundir desde la infancia, haciendo posible que los niños experimenten el placer de conseguir retos, de superar dificultades, de perfeccionar más y más sus aprendizajes. Sin esta actitud es imposible interpretar con maestría un instrumento musical, construir una vía, hacer una cirugía cardiovascular, avanzar en un descubrimiento científico o gobernar un país.

Chambonear, decimos en Colombia a todo lo que se hace mal, a las patadas, por salir del paso, por ejecutar a última hora un presupuesto, por ganar una licitación, por quedar bien con el profesor. Nos hemos creído el cuento de que somos ingeniosos y recursivos, que salimos fácil de cualquier embrollo. Pero esta es la rendija por donde se cuela la corrupción y los edificios se caen, las carreteras no cumplen las especificaciones, las empresas no entregan su producción a tiempo, los acuerdos se incumplen y tanto los negocios como el desarrollo de lo público se hunden una perpetua desconfianza.

Para remediarlo se inventan instancias de control, que como tampoco hacen las cosas bien requieren otro control y así hasta el infinito, haciendo que todo sea lento y dispendioso. De nuevo invoco a la buena Fortuna, la que se representaba con la cornucopia, y no a la mala Fortuna que se ha encariñado en exceso con nosotros.

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